En los últimos tiempos, la tendencia para el diseño de etiquetas de vino apunta a orientarse a una imagen más cercana al consumidor, bajar del pedestal a esta bebida, hacerla más amigable.
Tratándose de un mercado en crecimiento, los nuevos consumidores de vino por lo general no tienen la carga o el mandato de saberlo todo ni los prejuicios respecto al “aura” que tradicionalmente se le ha atribuido al vino.
Desdramatizar el consumo permite crecer al mercado y esto se viene comprobando entre los nuevos consumidores de Estados Unidos, por ejemplo, donde el vino le está quitando espacio a la cerveza, o en China, donde los consumidores recién están aprendiendo a tomar esta bebida y el potencial de mercado es incalculable.
Cómo presentar el vino a los consumidores sigue siendo uno de los caballitos de batalla de muchos productores y cada país refleja sus propias tendencias al respecto.
Ciertos países como Francia e Italia prefieren conservar su “marca país” en las presentaciones de sus vinos, haciendo hincapié en sus tradiciones, el legado cultural y la elegancia como sello de identidad presentes recurrentemente en los frentes de sus botellas.
Las composiciones tipográficas clásicas son frecuentes en los grandes vinos franceses y suelen ir de la mano con la imagen del château correspondiente, mientras que los italianos tratan de mantener la clave tradicional pero con mayor presencia cromática.
Sin embargo, recientemente se pueden ver estilos y cánones más remozados, que vienen renovando las etiquetas, incluso en aquellos países que han sido fieles a las tradiciones y los estereotipos instalados.
“A la gloire du Chat” y “La Panthère Rose” son algunos de los “revolucionarios” casos donde incluso cuesta darse cuenta que se trata de vinos de Burdeos…
Otro caso emblemático se viene dando con los vinos del sur de Francia, que se han despegado notablemente de la imagen de sus vecinos del norte con etiquetas más atrevidas, sin castillos ni heráldicas, con mucho más color y nuevos formatos. “Longue-Dog”, por ejemplo, logra un insólito juego de palabras con el nombre de origen (Languedoc) y se atreve a dar una nueva significación, cuyo concepto creativo contribuye notablemente a la recordación de la marca.
El especialista Mariano Gioia (elgrancatador.com) señala que los italianos también vienen avanzando en materia de desarrollo de etiquetas menos tradicionales (aunque sin llegar a los extremos que vimos para los casos franceses).
La idea general pasa por priorizar la imagen, usando menos tipografía en sus rótulos, dando protagonismo al color con fondos fuertes y altamente personalizados.
En España la diferenciación se marca más claramente a través de contrastes entre rótulos tradicionales y presentaciones más contemporáneas. Un claro ejemplo es Matsu (Vintae), que utiliza un único retrato para cada línea de vino (Joven, Crianza y Reserva) con personajes que representan alegóricamente la edad del vino que contienen.
Finalmente, Portugal ha tomado bastante distancia de los clichés del Viejo Mundo y muchos de sus rótulos ya no hacen alusión alguna a tradiciones o historias sino que juegan con conceptos e imágenes más contundentes.
Fuente: El Gran Catador
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