Con su pluma y su personalidad apasionada, ha acompañado el sensacional avance de la industria vitivinícola argentina. Su reciente incorporación a la revista RSVP ha generado una gran expectativa en el mundo del vino y en los muchos lectores que la han seguido a lo largo de su dilatada carrera.
¿Qué opinión le merece la situación actual de la vitivinicultura nacional?
Me entusiasma particularmente el afán de grandes y chicos, de empresarios y profesionales por avanzar, por crecer hacia arriba, para alcanzar mayor nivel en la calidad de nuestros vinos. Los buenos ejemplos cunden. La famosa globalización (tan denostada en otros rubros) nos ha servido. Nos ha servido para insertarnos en el mundo, conocer otras realidades, incorporar avances e incrementar nuestra cultura. Hay algo importante: los enólogos han adquirido una vital importancia: su profesión se ha jerarquizado. Ellos han podido viajar, participar de otras realidades, probar otros vinos, ampliar sus horizontes, salir más allá del aislamiento de su propio ámbito de producción. Y en esta nueva realidad, trabajar codo a codo con los agrónomos, diseñar sus vinos desde su nacimiento en la cepa y aún antes.
¿Cómo la ve en 10 años más?
Me gustaría imaginar que va a seguir creciendo. Aunque disfruto tanto los vinos que tenemos hoy a nuestro alcance, que me costaría creer que fuera posible repetir el fenomenal avance de los últimos diez años. Quiero decir: no puedo pensar en que el crecimiento sea incesante. ¡Es mucho lo que se ha logrado a partir de la revolución de los 90, es tan valorable lo logrado mirando atrás, que no imagino que sigamos avanzando al mismo ritmo sin caer en utopías!
¿Cuál es su opinión de la tendencia de los vinos del nuevo mundo, con mayor color y concentración que los vinos del viejo mundo?
Son dos estilos. Que no necesariamente tienen que enfrentarse. Hay vinos maravillosos en cada uno de esos estilos. Y hay momentos para disfrutar de la directa potencia frutal de un vino moderno o de la seducción compleja de un clásico. (Y cuando hablo de “clásicos” no me refiero a vinos oxidados, maltratados. Los grandes maestros han adoptado lo bueno de los avances de las técnicas actuales).
¿Cuál es el cepaje que más lo seduce (nacional o extranjero)? ¿Y el que menos?
¡Oh…! ¡Eso es tan difícil! ¡Es como si a una madre se le pregunta a cuál de sus hijos prefiere! Seguramente destacará la impetuosidad del benjamín, la frescura del adolescente, la reflexiva serenidad del mayor… No creo que se pueda elegir un cepaje en especial. Depende de cómo está cultivado, elaborado, cuidado. Me encanta no encasillarme y dejarme sorprender, como me está sucediendo últimamente con excelentes Bonarda. ¿Un secreto? Nunca he tenido la suerte de probar un Zinfandel que me sedujera perdidamente.
¿Cuál es el vino que más recuerda? ¿Por qué?
El que bebí anoche, que es anticipatorio del que beberé mañana. Porque siempre tengo la esperanza de que a la vuelta de una copa, siempre me espera un vino mejor. (Por eso jamás calificaría a un vino con el máximo puntaje, porque eso significaría renunciar a los vinos mejores que me esperan). Me resulta difícil pensar en un vino aislado. Siempre el vino está unido al momento, la circunstancia, la o las personas con que uno lo compartió. Pero… siempre recuerdo un Manso de Velazco, un Cabernet Sauvignon chileno que me sirvió su propio productor, Miguel Torres y que me impresionó desde el momento mismo en que caía en mi copa.
¿Y el que más le enorgullece haber producido?
¡Ja ja! ¡Yo sólo produzco sed! ¡Ojalá hubiera podido producir el vino más placentero del mundo!
¿Qué vino no tomaría jamás?
El ofrendado como homenaje a un dictador como Pinochet.
Nos gustaría conocer su postura en cuanto al maridaje entre vinos y comidas, tan de moda en la actualidad.
En primer lugar, no me gusta la palabra maridaje (salvo en el sentido de la vida marital).
En segundo lugar, creo que las reglas han sido creadas para ser rotas.
En tercer lugar, soy amante de la libertad, de las sorpresas, de los contrapuntos.
Lo que trato, simplemente, es que la comida no tape al vino y el vino permita lucirse a la comida.
Un plato y un vino que usted prefiera para “ese” momento especial.
¡Adoro las ostras con champagne! Pero… no sé… depende de las particularidades de ese momento. Me imagino en invierno, frente a la chimenea, disfrutando de un capitoso guiso de lentejas con un maravilloso Malbec. O comiendo las brochettes de calamarcitos de Oviedo con un rosado de Pinot Noir. Como verá, mi eclecticismo no me deja encasillar. El ejercicio de la libertad es inherente al placer.
Según su opinión, cabe la posibilidad de seguir descubriendo nuevas zonas productivas en el país?
¿Por qué no? ¡No olvide que hay grandes, grandísimos vinos que se producen en zonas marítimas, y nosotros, por ahora, estamos fundamentalmente recostados en Los Andes!
Por otro lado, al hablar de las alturas, nos olvidamos que tenemos que conjugarlas con las latitudes. ¡Pero eso es aburrido!
¿Cree que el ritmo del crecimiento de la industria vitivinícola seguirá en aumento?
Eso ya lo contesté al principio. Creo que el crecimiento seguirá, pero no al mismo ritmo. Pero para que esto sea posible, no sólo hay que batallar en pos de la calidad. Me inclino a pensar que algo hay que hacer para promover el consumo de vino, incorporar creatividad a su difusión, más allá de los concursos o los puntajes con que los dioses bendicen o condenan a los productores.
¿Cuál es su mayor sueño?
En materia de vinos… ¡que los chantas dejen de revolear sus copas, para olisquear con aire experto y revelar con aire astuto: “marcadas notas de frutos del bosque, en especial cassis”!
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